El bosque es un pedazo de la Tierra: verde y lleno de vida, ahí descansamos con ganas, paseamos, caminamos. En medio de su silencio aparente puedes meditar, reflexionar.
A los poetas les favorece, entre los árboles buscan su inspiración. Sí, el silencio es falso, el bosque es de hecho una casa grande, que alberga también a los humanos y que, desde hace siglos, también les ha estado seduciendo con su misterio. De modo que en los bosques de Grecia habitaban los faunos, en los de Escandinavia, los gnomos.
Alrededor del mundo, los bosques han contado con sus guardianes y habitantes espirituales: los seres forestales. Para los que nacieron en el Nuevo Mundo, el bosque huele a pinos no muy altos y a la humedad del suelo. La hierba y el musgo, que aparece raras veces, brotan con la vida. En este bosque debes mantener la cautela. Es fácil toparse con una serpiente, araña u otra criatura venenosa. Reina silencio, hace mucho calor. Este bosque se encuentra siempre en una sola estación del año, en la del verdor eterno: el verano.
El bosque es, sobre todo, un paisaje del cambio constante. Una vez está frío, helado. Pone su gorra blanca para brillar con plata, verdor, marrón y gris. En él oscurece muy temprano. Todo se sumerge en el silencio, hasta sentirse casi sordo. Muchos habitantes fueron a dormir y están soñando su profundo sueño invernal. Otra vez, el bosque parece una pintura impresionista.
Está todo cubierto con colores que cambian bajo el sol. Otra vez, y solamente por un momento, está especialmente lleno de vida, los olores y los trinos no tienen fin. Todo el bosque está floreciendo y cantando, como si todo el mundo expresara su alegría por el sol caliente y lo hubiera esperado desde hace tiempo.
Otra vez, en fin, cae en una larga monotonía. Se vuelve verde, tranquilo y, no deja de ser majestuoso. En esta época huele a pinos, verdor, miel y blueberrys.
Así es el bosque polaco desde siempre; una parte de la tierra habitada antes por los Eslavos. Sus dioses, aunque con las caras abstractas, olvidados, hoy no sabemos mucho de ellos, están omnipresentes. Es con su habla y su añoranza con que susurran los bosques de Polonia. Las antiguas deidades de estas tierras piden por un recuerdo, por un momento de reflexión. Antes eran grandes. Dadzbog Swarozyc, Perun, Rod y Weles parecen haberse refugiado a sus reinos.
Su voz es baja y casi no se escucha. Susurra sobre ellos lo que quedó de los sitios sagrados de robles y los pinos de miel. Su eco se oye en los restos de las antiguas poblaciones de madera, lo repiten las piedras con grabaciones y las joyas eslavas. El ambar, “el oro del norte”, “la piedra del sol”, cerró para siempre la verdad sobre la gente que lo llevaron. Igual que capturó para siempre los rayos más remotos del sol.
Patricia Wolska. Polaca de nacimiento, mexicana por elección.