El diario deportivo La Afición publicó el 1 de enero una lista con los doce deseos para el 2007 de doce destacados deportistas mexicanos. Para ocho de ellos la salud era el primer deseo, y los otros cuatro la ubicaron dentro de los primeros cinco. Este dato me inspiró a redactar este blog cuyo objetivo es comunicar percepciones. [1]
La primera entrega es la percepción de enfermedad. Creo que a los deportistas, por la naturaleza de su profesión, les preocupa más su salud por posibles lesiones que pueden frenar la continuidad de sus carreras o el desempeño de sus equipos, ya que se supone que el ejercicio les permite mantener una mayor estabilidad que la de aquéllos que no tenemos una rigurosa rutina deportiva. Y si la salud es un tema tan importante en la agenda de los deportistas de alto rendimiento, para quienes no los somos debería serlo mucho más.
Investigaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de Murcia ilustran que en la enfermedad humana existe un importante concepto llamado conducta de enfermedad[2]. Talcote Parsons fue uno de los primeros personajes en hablar del rol de enfermo y de los derechos y deberes que la sociedad occidental asigna a los enfermos. En pocas palabras, el rol de enfermo nos obliga a considerar ese estado como indeseable, y por ende desear mejorar buscando ayuda y cooperando con el proceso de curación.
Lo interesante de este concepto es que la conducta de enfermedad se refiere a la manera en que una persona responde a sus signos corporales y las condiciones bajo las cuales percibe estos signos como anormales. Por lo tanto, sentirnos enfermos y acudir al médico es un proceso que pudo tener diversas alternativas, y es en la interacción médico-paciente que está la clave de nuestra propensión a enfermar. La ciencia médica ha creado instrumentos psicométricos (encuestas) que permiten medir qué tan enfermos estamos, o qué tan enfermos consideramos que estamos.
Por ejemplo, existe el Cuestionario de Conducta de Enfermedad de Pilowski, que no está diseñado para explorar síntomas, sino actitudes y sentimientos sobre la enfermedad; es decir, la percepción de las reacciones de los demás ante ésta y la visión propia acerca de la situación en la que se vive. De ahí se desprenden diferentes niveles de enfermedad: hipocondría general, convicción de enfermedad, percepción psicológica versus somática de la enfermedad, inhibición afectiva, perturbación afectiva, negación e irritabilidad. Sorprendentemente, esta clasificación se realiza de acuerdo a lo que el mismo paciente percibe de su enfermedad. Entonces, podemos deducir que en la mayor parte de los casos está en nuestras manos evitar enfermar.
Platiqué esta teoría a un primo que se encuentra trabajando en la India y fue aun más lejos: dice que hay psicólogos que tienen la teoría de que todas las muertes son suicidios; incluso las que son por accidente. ¿Recuerdan que Raúl Velasco murió el día de su homenaje?
Alain escribía a principios de siglo que “la felicidad es un efecto y no una causa, ya que todos los pensamientos que se encaminan a la felicidad predisponen también a la salud… la alegría influye sobre el organismo mejor de lo que haría el médico más hábil”3. Así como la filosofía budista establece que debemos hacer determinaciones y no deseos, creo que es muy positivo iniciar el año visualizando salud para nosotros y nuestras familias; ya termina enero y podemos evaluar si lo hemos logrado. Los deportistas tienen claras sus metas y éstas inician con la salud; nosotros tenemos el poder de determinar nuestra propia salud, como un buen principio para el crecimiento personal.